Con este título, evidentemente, me estoy refiriendo a la vida real, no a un tratamiento psicológico. Y es que el placer y la pasión, gestionados adecuadamente, pueden ayudar, significativamente, a las personas con determinados trastornos psíquicos.
Empezaré diciendo que placer y pasión están muy mal llevados en la sociedad actual, el exceso de alcohol, de drogas y de promiscuidad son las muestras más evidentes de ello. Detrás de todas estas acciones adictivas o compulsivas se esconde una personalidad poco madura y que no ha logrado casar eros y psique, o lo que sería lo mismo sensualidad o sensorialidad y logos.
Las relaciones sexuales variadas y continuas con personas diferentes son, en la mayoría de las ocasiones, mera genitalización con descarga. Son una especie de masturbación con otro/a y un premio para la autoestima del inseguro/a que cada vez que “caza” una nueva pieza siente que se le añade una medalla a su trayectoria sexual. Este tipo de vidas, normalmente propia de personas enganchadas a la red, convierten el sexo con nuevos individuos en su máxima motivación cotidiana o semanal. Hay una especie de disloque estructural que les lleva a estar en un permanente estado de excitación, “a ver quién cae hoy”.
En el consumo excesivo de alcohol o en la drogadicción, ya sea por cocaína, cannabis o “pastillas” pasa algo parecido: hay una falta de integración del placer en la psique.
De todo esto la “moralina”, es decir el conjunto de ideas estrechas y restrictivas sobre cómo conducir la propia vida, es uno de los factores más culpables de la generación de estas problemáticas.
Por ejemplo, en el trastorno esquizoide, la persona vive como en una burbuja invisible que le aparta de la realidad aunque permaneciendo en ella, es decir funciona “cómo si”: como si sintiera, como si experimentara, como si viviera auténticamente. Pero en realidad no es así, simplemente se adapta en la medida de lo que puede a las circunstancias, siempre y cuando tengan hábitos y autodisciplina desarrollados, porque lo normal es que permanezca en estado de hibernación permanente, convirtiendo su realidad más cercana, normalmente su habitación, en su universo. En resumen el esquizoide, que por otra parte puede ser muy inteligente, no vive, piensa. Y si, además, no tiene normas regularizadas, vegeta.
El obsesivo tiene parte del componente pensante del esquizoide pero acelerado. La mente del obsesivo está siempre en procesos de cuestionamiento, reiteración, repetición y/o conflicto. En este caso tampoco se vive, solo se piensa, y la vida se realiza a través de hábitos que, si se puede, se logran sostener en el tiempo, pero sufre mucho más que el anterior, ya que hay una energía interna que lucha por romper esa pared invisible que lo aleja de una realidad fluida.
Podríamos, reduciendo mucho, decir que el esquizoide es como un monje/a al que no le está mal vivir en “su convento” (con todos mis respetos sinceros para todas las personas de vocación y fe que han decidido entregar su vida a Dios, muchos de ellos auténticos sabios) y el obsesivo es como un prisionero encerrado en una celda de la que trata continuamente de salir. Ambos están encerrados pero el primero está conforme y el segundo está en lucha permanente por conseguir la libertad. Uno sería como un conejo en una jaula y el otro como un tigre en una habitación.
Ambos, esquizoides y obsesivos, tienen un problema con el placer, a los primeros porque casi no les interesa, y a los segundos porque lo suelen vivir con angustia.
Pero ¿de qué placer estaríamos hablando? Del placer del cuerpo. Por ello es fundamental empezar a sentir, empezando por la sensualidad y finalizando por el éxtasis orgásmico. Si se llega a lo segundo sin pasar por lo primero no sirve, porque uno/a se salta justamente el aspecto conflictivo del placer. Todos sabemos que, para la mayoría de la gente, llegar al orgasmo no es tan difícil, ya sea solo/a o acompañado/a. A veces la pura insistencia manipulativa sobre los órganos genitales ya basta para llegar a él, aunque se esté viendo un telediario mientras tanto.
Por tanto, una de las primeras cosas que hay que hacer es empezar a sentir el propio cuerpo, desde las orejas a los pies, pasando por el pecho o el culo, seas hombre o mujer, no importa. Hay que despertar al cuerpo, él es el tu principal aliado contra la tiranía del pensamiento. Pero el objetivo de este despertar no es llegar al orgasmo de forma inmediata, todo lo contrario, quizás sería hasta mejor en un principio no llegar a él. El objetivo es hacerlo sentir ¿qué? Amor, sensualidad, cierto grado de lujuria (oh! Pecado), un punto de morbo, y algo de transgresión. Repito, es fundamental hacer vivir al cuerpo, darle toda la fuerza a la carne para que a través del eros rompa con la rigidez psíquica. Una vez esto haya ocurrido ya será momento de introducir la moralidad, tan ortodoxa como tú quieras, pero no antes.
Sin ninguna duda me atrevo a afirmar y con contundencia que la moralidad es la carcelera de los trastornos obsesivo y esquizoide, así como también es, afortunadamente, la guardiana de otros trastornos, pero no de estos.
Por tanto hay que entregarse al placer pero tomando conciencia a través de él y no haciéndolo de forma compulsiva. El obsesivo o esquizoide varón que, en un estado de excitación máximo, acude a los servicios de prostitución para “desahogarse” está alimentado su propia moralina, porque todo acto hecho con precipitación no sirve para su liberación y evolución personal, sino que esconde sus estrechos límites sensoriales.
En cuanto a la pasión, que según mi modo de ver, puede aparecer después de despertar el eros carnal, tenemos que vincularla a los objetos del mundo, a lo mundanal. Y aquí sí que hay que ser un maestro en su gestión, “apasionarse por alguien que no te corresponde es, simplemente, un acto intelectualmente estúpido”, como lo es también vincularla a objetos o sujetos que no nos devuelvan como mínimo una parte de la intensidad que hemos puesto en ellos.
Nueva York puede despertar la pasión, una mujer o un hombre también, un paisaje idílico, las cumbres nevadas de una montaña, una cena romántica, una buena copa de vino o cava, París, una pintura, una película, una novela,… La pasión se mueve a través de los sentidos. Y aquellos que son maestros de la vida mundanal, no necesariamente espiritual, son capaces de convertir su pasión en su trabajo y su vida.
Y, por último, recurriré a la mitología. Júpiter (el espíritu) venció a Saturno, su padre (la materia, la rigidez mental también) y liberó a sus hermanos. Por ello para que nazca Venus (el placer, el amor, la estética) en nosotros es necesario que Júpiter venza a Saturno. Mientras Saturno sea el dueño y señor de nuestra vida psíquica todo lo humano estará atrapado en el inconsciente, en la sombra, como diría C.G.Jung.
Damián Ruiz