Damián Ruiz - Barcelona (España) - info@ipitia.com - www.comprendernos.com

África y el ébola


Tenemos la costumbre de ver, impasibles y acostumbrados como estamos, morir gente de color. Y lo hacemos como si formara parte de la normalidad. Podemos seguir comiendo tranquilamente mientras por la televisión nos muestran las imágenes de niños, de mujeres y hombres negros a punto de fallecer.

Estamos hechos a su sufrimiento. Hay una especie de racismo inconsciente que considera que la población de África puede, casi debe, ser mermada con total impunidad, con nuestra total tranquilidad.

Nosotros a lo nuestro porque los africanos… ya se sabe.

Creemos, también asumimos sin planteárnoslo mucho, que somos superiores, que somos la civilización y que los que no se adaptan a ella no tienen, quizás no merecen, la posibilidad de vivir con dignidad.

África es la pulsión vital más fuerte que tiene el planeta y si matamos su vida humana, animal y vegetal, estamos matando nuestras raíces, nuestro oxígeno y simbólicamente la capacidad de respirar ante tanta normativa asfixiante del supuesto primer mundo.

Y ¿sabemos el alcance que tiene matar las raíces?

Que un africano tienda a expresar, a veces, bailando sus emociones no significa que no pueda ser un excelente científico, que alce más la voz cuando habla no indica que no sea un buen pediatra y que cuando ría articule todo su cuerpo no excluye su capacidad para ser historiador.

Tendemos a percibir al rubito, blanquito de piel, momificado como el summum de la evolución y de la civilización. ¡Vete a saber cuánta perversión no se esconde detrás de seres tan perfectos! ¡Así está Europa! Decadente, vieja y petrificada.

No hay ninguna raza superior a otra aunque cada raza se manifieste, se exprese, de formas muy diferentes, y claro ninguna alcanza tanto el supuesto nivel de excelencia como un viejo parisino recauchutado, adicto al uva y que se pasea en solitario con su perro enano, con el que ha establecido un vínculo familiar y con el que desayuna cada día en la misma mesa, a veces compartiendo plato. ¡Cómo comparar el grado de evolución del parisino con la espontaneidad afectiva entre personas de color! Es cierto que el perro, tan neurótico y decrépito como el amo, distingue el foie de pato del de oca mientras que el adolescente africano se contenta con llevar comida a su familia. ¿Cómo comparar a Tchou-tchou, el pekinés gastrónomo, con Abdu, el chico que recorre diez kilómetros diarios para traer agua? Tchou-tchou sin duda es la quintaesencia de la exquisitez mientras que Abdu…

Y ahora los africanos se mueren en masa por el ébola… ¡Ah, mientras no nos llegue! No te preocupes, no nos llegará, no te va a pasar nada. El ébola es para ellos, solo para ellos, para que se vaya esquilmando la población de su continente mientras aquí asumimos de forma complaciente que el color de su piel indica inferioridad y por tanto lo que les pasa no nos afecta en nada.

El viejo parisino se paseará con Tchou-tchou y los dos hablarán solos mientras se mueren solos poco a poco.

Y en África… ¡ah, qué más da!

Damián Ruiz

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