Damián Ruiz - Barcelona (España) - info@ipitia.com - www.comprendernos.com

De sentimientos: el maltrato a la mujer


Todos los sentimientos son legítimos pero no todos son razonables.

Y cuando una emoción no corresponde a una realidad aceptable, esta tampoco lo es.

Y es que a veces insistimos en ver lo que no es, lo que no existe, incluso en obviar todos los datos que nos indican que nos estamos engañando o equivocando.

El caso más obvio es el de las mujeres maltratadas. – Cuando me preguntan cuál es el problema más difícil de tratar no dudo ni un segundo: el de la mujer despreciada -.

Y ahora una confesión, ya sé que soy psicólogo pero les reconozco que no puedo con los hombres que maltratan ni física ni psicológicamente a una mujer, pero si cabe a los segundos aún los rechazo más. Los primeros son más primarios, violentos e irracionales pero los segundos, mucho más sibilinos, son capaces de llevar a una mujer al máximo deterioro sin que aparentemente pase nada.

Prefiero no decir que es lo que haría con ellos… lo políticamente correcto me lo impide.

¿Qué se esconde detrás de esos energúmenos que vierten toda su impotencia y sus frustraciones en su pareja? Su incapacidad para estar en la vida, para abrirse de igual a igual, para confesar sus debilidades, para compensar su enorme complejo de inferioridad a base de insultos… Todo eso lo paga la esposa, y lo peor de todos es cuando ellas lo comprenden, lo aceptan, ¿por qué? Porque les quieren…. (Respiro….buuuuffff).

¿Qué le lleva a una mujer a permitir ser vejada, anulada, ignorada, insultada, despreciada o comparada con la madre o las hermanas del tipejo? ¿Por qué aguantan?

Dentro de la psique de esas mujeres existe un nivel de conciencia elevado y… amor. Amor maternal por el individuo que las merma. Un amor sin concesiones que soporta resignadamente ir muriendo poco a poco, reducir su sistema inmune haciéndolas más vulnerables a todo tipo de enfermedad, amor que las llevará a agotarse física o psíquicamente.

“Santo en plaza, demonio en casa”, esta gentuza maltratadora suele corresponder muy bien al dicho castellano. Simpáticos, zalameros, sociables y amables, acomplejados como son, acostumbran a llevarse bien con todo el mundo, incluso con la familia de su víctima para que esta no tenga a nada ni nadie en quien apoyarse. Ella debe verse sola ante el mundo que considera al delincuente una buena persona, sobretodo dispuesto y colaborador.

La mujer sola con su conciencia y ningún apoyo no tiene más remedio que hacer un salto en el vacío y asumir las consecuencias que implica toda liberación.

Nadie la entenderá, “¡venga no será para tanto si es muy buen hombre!”

Hay que leer “El acoso moral” de Marie-France Hirigoyen, buscarse una asociación de mujeres en las que apoyarse y si es necesario huir. Huir para no volver más.

Salir del maltrato, del maltratador y de sus cómplices activos o complacientes.

Porque no es legítimo ni honesto amar al malvado, es un suicidio lento y un mal ejemplo para otras mujeres.

Cierto es que el maltratador tiene su justificación psicológica pero… que quieren que les diga. A veces a uno no le da la gana de mostrarse comprensivo. Y no es lo mismo que en algún momento nos podamos poner estúpidos con nuestras parejas, y viceversa, y otra es la perseverancia cotidiana en su aniquilación.

Ante esos comprensión cero.

Damián Ruiz

www.ipitia.com

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