Damián Ruiz - Barcelona (España) - info@ipitia.com - www.comprendernos.com

La ciudad como espacio psíquico de liberación

Habitualmente se suele recurrir al medio rural y al paisaje natural cuando se piensa en la idea de liberación, de descanso psíquico. Y es cierto ¿qué mejor que una playa tranquila, un camino por la montaña o un fin de semana en un pequeño pueblo. La mente se serena y el cuerpo entra en un estado de bienestar que puede ser prolongado.

Lo que ocurre es que, si bien, la naturaleza sirve de reposo cuando uno está estresado, cansado psíquicamente, saturado de trabajo o de relaciones personales de todo tipo, no es quizás el espacio más adecuado cuando de lo que se trata es de superar determinados miedos, inseguridades, timidez, incluso estados depresivos. Es ahí cuando la ciudad aparece como alternativa, y me refiero a la gran ciudad… aquella que superan el millón de habitantes.

Todos sabemos que las capitales del planeta: Nueva York, Hong Kong, Londres, París, México D.F., Kuala Lumpur, Pekín, Tokio, Sidney, Buenos Aires… etc. son espacios en los que sucede absolutamente de todo. La libertad humana se expresa en todo su colorido y abarca desde la más pura introversión, incluso aislamiento social, hasta la excentricidad más surrealista. Las relaciones entre los humanos son mucho más complejas, y por tanto los estados emocionales también resultan más aleatorios, pudiendo ser más extremos tanto en lo positivo como en su lado más oscuro.

La gran ciudad no deja de ser un teatro donde cada cual ejerce su personaje, donde todas las posibilidades están abiertas y lo mejor y lo peor te puede pasar. El lujo y la opulencia se mezclan con la miseria, a veces con el hambre, las relaciones sexuales más variopintas conviven con el tradicionalismo moral, el culto al cuerpo con la dejadez física, la alta cultura con el desarraigo y lo popular… La ciudad es un espacio físico y psíquico fascinante y sobretodo es un gran tablero de juego para superar todas las debilidades emocionales así como para el autodescubrimiento y el desarrollo de los talentos ocultos.

Jugar en ese tablero es difícil, y más cuanto más poblada y multicultural es la ciudad, pero quien aprende a dominar el juego y a fluir con cierta facilidad tiene muchos puntos ganados en cuanto a una fuerte estructuración de su psiquismo.

En el caso de los tímidos, depresivos y personas afectadas por una fuerte inseguridad personal que se manifiesta con síntomas ansiosos, la gran urbe se convierte en un reto pero justamente por eso en ella, mejor dicho, a través de ella, pueden encontrar parte de la solución a sus problemas.

En cuanto a las personas con trastornos obsesivos la ciudad puede representar una fuente de libertad que rompa con los bucles de pensamiento al permitir, en algunos casos, encontrar modos de diluir la ansiedad que alimenta los contenidos obsesivos.

Pondré un ejemplo de lo que digo. Cuando impartía cursos de Inteligencia Emocional, a los que acudían grupos de unas veinte personas, proponía un ejercicio que llegó a tener mucho éxito. Consistía en pedir a todos los participantes que para la siguiente semana tenían que traer al aula, en horario de clase, a una persona del sexo contrario que vieran por primera vez durante esa semana, y no podían haberla conocido en ninguna discoteca ni bar musical. Eso obligaba a los alumnos, de todas las edades, a dirigirse de manera espontánea a alguien en una librería, por la calle, etc. Y todo ello implicaba poner en práctica toda una serie de habilidades y conceptos que se habían ido aprendiendo durante el curso. La sorpresa para la mayoría de ellos era comprobar que no era tan difícil venir acompañado/a a la siguiente clase. ¿Por qué? Pues porque la mayoría de las personas tienen necesidad de comunicación y sobretodo de que les pase algo interesante en sus monótonas vidas cotidianas. Cuando alguien aprende esto puede empezar a sentirse mucho más cómodo en la relación con los demás porque se hace consciente que sus mismas necesidades son las de la mayoría de sus conciudadanos.

Es por eso que la ciudad puede permitir trabajar con una libertad y apertura que no permite el medio rural y la vida, curiosamente, puede empezar a simplificarse porque no solo no es obligatorio que siga un patrón estándar sino que una persona puede ser ella misma en interacción fluida y respetuosa con los demás.

Damián Ruiz
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