Damián Ruiz - Barcelona (España) - info@ipitia.com - www.comprendernos.com

La adicción al enamoramiento

“Yo no puedo estar en pareja si no estoy enamorado/a”. Pues qué bien para tu potencial pareja, -que se libra-, y que no tiene que vivir como un mono de feria teniéndote permanentemente enamorado/a sin más cosa que hacer en la vida que complacerte, sorprendente, hacerte el amor como si fuera el primer día y vivir con un eterno espíritu adolescente.

Qué cansinos llegan a ser todos aquellos “puers” de más de cuarenta años que exigen vivir en el perpetuo enamoramiento sin nunca dar el paso hacia el verdadero amor. Y es que el amor de verdad les asusta porque refleja todas las debilidades, las imperfecciones, incluso la progresiva decadencia física que conlleva la humanidad, la pareja, y eso es algo que no están dispuestos a tolerar.

De ahí al patetismo hay un solo paso, el “princesismo ajado” de la que espera y espera al príncipe azul, habiendo dejado pasar decenas de buenas oportunidades, o del que nunca se compromete porque la prioridad es mamá o nunca encuentra la mujer perfecta porque, repito, en el fondo, la prioridad es mamá (cuanta homosexualidad latente hay ahí, aunque no siempre).

El mundo está poblado de neurosis egocéntricas que desprecian las relaciones estables de pareja, que son incapaces de ver toda la intensidad afectiva que se esconde detrás de las pequeñas señales de deterioro físico, de esa celulitis que aparece, de la tersura de la piel que no es la misma que a los veinticinco años, de uno mismo que engorda, mientras que los abrazos y los besos siguen siendo los mismos, aunque la pasión sexual, lógicamente, vaya disminuyendo.

Y lo peor de todo es que se sienten en el derecho de predicar con el ejemplo, de postularse como modelo del verdadero amor o de la libertad individual, y todo eso mientras miran la pared de su apartamento soñando en medio de una música apoteósicamente íntima con las nuevas posibilidades que les esperan, que normalmente, a partir de cierta edad se traducen en “un par de polvos” y cuatro promesas rotas.

Las etapas de la vida deben cumplirse de modo adecuado, la infancia, la adolescencia, la juventud y la edad adulta. A mí cuando, con cincuenta años cumplidos, me dicen que soy joven, yo me pregunto y les pregunto, ¿y entonces cuando pasaré a ser adulto? ¿A los ochenta? Espíritu joven tengo sí, pero joven no soy. Punto.

También es cierto que muchos cuarentones adolescentes (y cincuentones) no quieren pasar por la indulgencia y desidia que muchas veces acompañan a sus compañeros de generación, ya instalados en la familia y el inmovilismo, y que se pasan todo el santo día hablando, los varones entre ellos, de posibilidades nuevas que se abrirían si volvieran a enamorarse de una joven, cuando lo máximo que hacen, los más atrevidos, es ir de putas de vez en cuando, como remedio para el aburrimiento y parche para la rutina instalada hasta el día del juicio final. “David ¿llevarás tú al niño a básquet el sábado por la mañana que luego por la tarde tiene una fiesta de cumpleaños? Y el domingo vamos a comer a casa de mis padres que viene mi hermana”. ¡Alegría, alegría!

Entonces ¿entra la adolescencia cuarentona y el aburrimiento familiar que queda?

Convertir a tu pareja en un gran proyecto de amor, más allá de tus hijos, por mucho que los quieras si los tienes, trabajar el respeto mutuo, el descubrimiento del mundo, de las pequeñas cosas, recuperando la intimidad perdida (hay parejas que van con el pack completo desde el principio: padres, hermanos, primos y una señora que pasaba por ahí, y más allá del sexo nunca se han descubierto íntimamente). Explorar la vida a veces requiere un tiempo para los dos, exclusivamente para los dos. Y ¿si se ha perdido la pasión? Queda el amor, que es mucho más importante. Y ¿si se ha perdido el amor? Entonces si ya no queda nada…deberíais hablarlo. Y quizás salir de allí.

Para acabar y retomando el título del artículo, los adictos al enamoramiento están condenados a un cierto vacío emocional y, por supuesto, espiritual, aunque eso sí, que nadie les quite lo chuli que es recuperar la esperanza que cada vez que alguien del Badoo o del Tinder parece que va en serio. Lástima que pase día sí, día también.

Damián Ruiz

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